3 de Diciembre de 2021
Entrevista a Quemil Yambay

músico, compositor y humorista Quemil YambayMientras posa para la foto en la entrada de su casa, silba imitando a las aves que vuelan en el patio. Los pájaron le contestan, y se inicia una conversación, a la que el gran músico, compositor y humorista Quemil Yambay está acostumbrado. A pesar del intenso frío, se prepara para tomar un tereré helado. “¡Yo soy campesino!”, explica. Su identidad está definida desde siempre y quizá sea su mayor tesoro. En el fondo, jamás dejó de ser el niño que atraía a toda la escuela imitando a los animales del monte cercano, cantando y tocando la guitarra en su pueblo natal: Alfonso Tranquera del departamento de Cordillera. De allí salió con la intención de iniciar una carrera musical que continúa hoy, a los 75 años. Pero su estilo peculiar de hacer arte y humor se mantuvo inalterable.

No sabe cuantos sonidos puede hacer. “300 por ahí”, dice. Alguien alguna vez lo presentó en el escenario como un “zoológico ambulante del Paraguay”. La UNESCO lo ha declarado Patrimonio Humano Vivo. “Cuando estoy en el campo imito a las aves y no me dejan más. De chico comencé, nadie me enseñó. Después trabajé con mi papá en la capuera, como carretero y allá por el año 59, cuando vine (a Asunción) para trabajar como músico, quise mantener el estilo de introducir la imitación de animales a la música popular. Esa es mi especialidad”, cuenta Quemil Yambay, quien inició su carrera profesional a los 21 años en Alto Paraná y en la Capital. Le apoyaron grandes artistas de la época como Peña González, Quintana Escalante y Don Aníbal Lovera.

Durante años Quemil Yambay lideró el conjunto Los Alfonsinos, presentándose unas 200 veces al año y grabando más de 30 discos de polka y guarania. Hoy, a los 75 años, no para de viajar llevando su arte a cada rincón de Paraguay. “Conozco el país de punta a punta. El pueblo me escucha pues”, dice Quemil, quien fue condecorado con la Orden Nacional del Mérito en el Grado de “Gran Cruz”, la distinción más alta para un civil. Su hijo Chahian, artista como él, lo acompaña en el escenario desde que tenía 5 años. Yambay quedó completamente ciego en los años 60. De repente, alguien le pide que haga “ladridos” y él nos hace escuchar unas 10 variantes, de distintas razas. De afuera le responden y la carcajada es inevitable. “Cuando hago mi show en el interior, comienza a ladrar el perro del vecino y el de al lado. Después aparecen unos 20 o 30 juntos y yo sigo el juego en el micrófono. ¡Se enloquecen porque no entienden qué clase de perro soy!”, dice riendo.

¿No le cansan las giras?

¡No, no siento el viaje! El escenario da vida, se comparte mucho con la gente. Y especialmente las criaturas me aprecian. Yo llego y encuentro que ya me esperan unos 50 o 100 mitai que quieren que les haga imitaciones.

¿Usted cocina?

No, pero cuando todavía podía ver hacía tortillitas y el famoso mandi’o chyryry.

¿Qué platos prefiere?

Locro, vorí vorí, so’o apu’a...

Su nieta le interrumpe: “Contale abuelo cuantos huevos comés al día”. Yambay se ríe y dice bajito: “¡Ella es mentirosa!”. Finalmente admite, “Unos 4 o 5. Me gustan de cualquier forma: frito, revuelto”. “Si no hay, se pone pireva´i”, agrega nuevamente la nieta.

¿Qué aromas le recuerdan su infancia?

Vori Vori, locro ipokue, poroto peky, poroto manteca, cecina piru. Pero hasta ahora como todo esto.

¿Cuál cree que es su mayor obra musical?

Mokõi Guyrai, Lidia Mariana, Yo encontré una flor, Cuatro Kuña, entre otras. Son todas experiencias que viví, porque yo siempre presté atención a lo que decía Emiliano R. Fernández: “el poeta escribe lo que siente”.

4 de Julio de 2015

Alacarta

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